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Senegalese army hitching a ride back to Tambacounda for la permission, riding in cars with toubabs. Senegal, January 2009.

Esta es mi calle, con un Harmattan asqueroso. Gracias, Mauritania.
Todos los martes hay mercadillo en la calle asfaltada del barrio, y ya el lunes por la noche viene el camión del ayuntamiento a instalar el tinglado mecánico desde el mar hasta la rotonda de la Route de l’Aeroport. Por primera vez desde que vivo aquí, esta semana el camión no ha venido. Cuando salgo de casa hay más silencio que de costumbre. A lo largo de toda la calle hay señoras sentadas sobre su mercancía, que tienen puesta hecha una bola gigante, como una bala de paja envuelta en tela de saco.
Me encanta el camino que se desvía de la carretera principal hacia el centro, pasado el cruce del faro de Mammelles. Se ve que en su día fue una carretera de verdad, pero hoy sólo queda un vestigio de asfalto lleno de hoyos, bordeando el precipicio. A la izquierda el campamento militar, una docena de casetas y tendederos, centinelas dormitando a media altura; a la derecha el mar. Desde que construyeron no una sino dos vías de acceso al centro alternativas y en paralelo –cortesía de la Conferencia Islámica- por el camino del precipicio ya no pasa nadie, y en la mayor parte del recorrido no hay cobertura.
Evidentemente ahí es dónde decido quedarme sin gasolina. La avería más humillante. Me quito el casco, doy un par de vueltas alrededor de la moto, y me siento sobre una roca a esperar que pase alguien. Unos diez metros más allá esta la caseta elevada del centinela, que me observa con más bien poca curiosidad, como si ahí se quedaran toubabs en panne todas las mañanas. A los quince minutos, como todavía no ha pasado nadie, se baja de la caseta un guardia con un ojo vago, suspirando de hastío, y me ayuda a empujar la moto hasta el cruce, refunfuñando porque eso de quedarse indefensa en la carretera c’est pas bon déh, en esta ciudad hay beaucoup de bandits, hasta que se para un taxi que por casualidad lleva medio dedo de essence en una botella de plástico. Suficiente!
Desde hace unos días hay un nuevo imam en la mezquita de mi barrio, y aunque no se le conoce bien todavía, parece que va a ser de los que se lo toman todo muy en serio. De momento ha quedado claro que se va a entregar con entusiasmo al rezo cantado, y así sé que son las seis de la tarde, las ocho, las diez, las cinco de la mañana. El hombre lo da todo.
La mezquita queda algo lejos hacia el sur, pero el minarete apunta justo hacia la ventana de mi cuarto. Estoy en plena línea de fuego. Primero pensé que sería muy romántico, dépaysant, la llamada del muecín bajo el sol subsahariano y esas cosas; pero resulta que el imam se ha agenciado unos altavoces chirriantes para que nos llegue aún más clara su voz de grajo, y arma un estrépito fenomenal. Hoy es Tamkharit, el año nuevo, y por todo Dakar hay música y baile y él, por descontado, no va a ser menos. Tiemblo.
Barcelona. Cuando vuelvo me gustan los sitios algo rancios, las cosas ben nostrades, coca de llardons, té con las tías en Pintor Rosales, desayuno en Mauri con la alta burguesía catalana.
Hoy me tomo un café de verdad (no Nescafé) frente a la comisaría de Muntaner, mientras espero que me renueven el pasaporte. Ya sé que en Dakar me quejo siempre de que no hay quien desayune tranquilo, viendo a la gente pasar o leyendo el periódico; pero claro ahora en Barcelona echo de menos que me den palique en la cafetería aun sin conocerme. Todo el mundo anda absorto por los de Onda Rambla comentando el gordo de navidad con ánimos de tertulianos del fútbol, de fondo los niños de San Ildefonso.
En Senegal también hay lotería, o al menos esqueleto de lotería: por la avenida Cheick Anta Diop hay cabinas azul celeste de la LONASE, aunque lo más que he visto dentro son señoras friendo empanadillas o chicos vendiendo recargas de Orange.