Sigo impresionada por el tiempo. Aquí los tejados son de uralita, y a veces llueve tan fuerte que no oigo la tele. Se aglomera agua sobre cada uno de los escalones de la entrada y el portero del hotel me acompaña al coche bajo una sombrilla enorme DRINK COCACOLA. Cuando camino por los callejones, espanto lagartijas en vez de las tradicionales cucarachas dakarienses, y la tierra es rojiza como en Burkina Faso.