
Llegué a Freetown anoche, tras cuatro horas de carretera lunar, empantanada de cráteres y charcos profundos. Dicen que los colonos ingleses decidieron construir el aeropuerto en Lungi, millas más allá de Freetown y del otro lado de la bahía, para que solo los ricos pudieran alcanzarlo deprisa -en barco o lancha rápida. Los demás, si se atreven, por carretera: cuatro horas en 4x4 y vete a saber cuantas en poda-poda, los minibuses públicos. Si es en temporada de lluvias, algunos tramos son campo a través, y siempre rebotando de agujero en agujero fangoso.
A pesar del viajecito me encanta estar de vuelta. Todo el mundo se acuerda de mí en el hotel, y en la oficina me han dejado el despacho limpio y brillante, y hasta han pasado las páginas del calendario. Incluso me parece que entiendo mejor al jefe de misión con su espeso acento de Zimbabwe.