Estoy acostumbrada a las ex-colonias francesas del Golfo de Guinea y del Sahel, donde la gente desayuna Nescafé y pain au chocolat mientras comenta la última jugada del Olympique de Marseille. Sierra Leone es totalmente british. En el hotel en Freetown, cada mañana dan porridge o un combinado atómico de huevos revueltos, salchichas y judías con bacon (sin alka setzer). El taxi de Prince nos lleva a la playa pasando por Gloucester Road, Victoria Park, por Kent y Waterloo entre posters del Manchester United. Las pausas-café en las conferencias son teabreaks, y siempre hay confusión cuando pido agua con acento americano. Wara. Pardon? Warer. Ah, watteh!
Con el personal internacional pasa lo mismo: en vez de los mil franceses que hay en Dakar, en los bares de Freetown hay ingleses; en vez de reporteros dicharacheros, personal militar. Desde la base del IMATT se ven las colinas que rodean a Freetown entre la niebla. Los barcos portugueses las llamaron sierra de los leones; desde aquí, si desenfocas un poco la mirada, casi parecen los Highlands de Escocia.