No sé bien porqué, este verano me empezaron a dar miedo los aviones. Resulta que no es lo más práctico en mi tipo de trabajo. Desde entonces lo he pasado más o menos mal en aviones más o menos viejos rumbo a Ghana, a Guinea; en pequeños aparatos de hélice a Mali; en uno sin marca con asientos raídos hacia Costa de Marfil; en antonovs destartalados a Sierra Leone (dos veces); y donde peor en el más nuevo, uno grandote de Kenya Airways, que intentó despegar de Bamako tres veces sin lograrlo (a todo trapo hasta la mitad de la pista, luego frenos chirriando a lo bestia, y media vuelta). Al cuarto intento despegó, y los de la fila 19 pasamos las seis horas a Nairobi cuchicheando cada vez que oíamos un ruido extraño, hablando de catástrofes aéreas y -esto los demás- leyendo a Barack Obama.
Ir en avión por Africa Occidental es peor que montarse en el Damas a Huelva, porque ese al menos sabes cuántas veces se va a parar. El Dakar-Bissau de los miércoles puede ir de un tirón o parar en Conakry, Banjul o incluso Mali, a la suerte de la olla. Mi vuelo Nairobi-Dakar debía ir directo, pero por falta de combustible y sin avisar, nos posamos primero en Douala y otra vez en Bamako. Volamos bajo todo el camino, sobrevolando sitios que se ven en las noticias: los Kivus, Burundi y Port Harcourt, el lago Victoria, bosques de un verde brillante; y al tomar el rumbo hacia el norte un paisaje cada vez más seco, marrón arcilloso en Burkina y Mali, amarillo en Senegal, hasta aterrizar en Dakar en plena polvareda.