Desde hace unos días hay un nuevo imam en la mezquita de mi barrio, y aunque no se le conoce bien todavía, parece que va a ser de los que se lo toman todo muy en serio. De momento ha quedado claro que se va a entregar con entusiasmo al rezo cantado, y así sé que son las seis de la tarde, las ocho, las diez, las cinco de la mañana. El hombre lo da todo.
La mezquita queda algo lejos hacia el sur, pero el minarete apunta justo hacia la ventana de mi cuarto. Estoy en plena línea de fuego. Primero pensé que sería muy romántico, dépaysant, la llamada del muecín bajo el sol subsahariano y esas cosas; pero resulta que el imam se ha agenciado unos altavoces chirriantes para que nos llegue aún más clara su voz de grajo, y arma un estrépito fenomenal. Hoy es Tamkharit, el año nuevo, y por todo Dakar hay música y baile y él, por descontado, no va a ser menos. Tiemblo.