Me encanta el camino que se desvía de la carretera principal hacia el centro, pasado el cruce del faro de Mammelles. Se ve que en su día fue una carretera de verdad, pero hoy sólo queda un vestigio de asfalto lleno de hoyos, bordeando el precipicio. A la izquierda el campamento militar, una docena de casetas y tendederos, centinelas dormitando a media altura; a la derecha el mar. Desde que construyeron no una sino dos vías de acceso al centro alternativas y en paralelo –cortesía de la Conferencia Islámica- por el camino del precipicio ya no pasa nadie, y en la mayor parte del recorrido no hay cobertura.
Evidentemente ahí es dónde decido quedarme sin gasolina. La avería más humillante. Me quito el casco, doy un par de vueltas alrededor de la moto, y me siento sobre una roca a esperar que pase alguien. Unos diez metros más allá esta la caseta elevada del centinela, que me observa con más bien poca curiosidad, como si ahí se quedaran toubabs en panne todas las mañanas. A los quince minutos, como todavía no ha pasado nadie, se baja de la caseta un guardia con un ojo vago, suspirando de hastío, y me ayuda a empujar la moto hasta el cruce, refunfuñando porque eso de quedarse indefensa en la carretera c’est pas bon déh, en esta ciudad hay beaucoup de bandits, hasta que se para un taxi que por casualidad lleva medio dedo de essence en una botella de plástico. Suficiente!